El Frente y el sentido común.

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Por Julio Lotes

El tema central de este momento en la realidad argentina es cómo se organizan los sectores populares para obtener el control del Estado y para aplicar políticas que atiendan a la existencia y a las necesidades de los sectores populares.
Enfrente está el poder organizado de quienes defienden sus intereses en un país capitalista, dependiente y virulentamente antipopular. Son dos realidades distintas que se organizan en formas distintas.
Más que explayarme en las formas de organizarse de la oligarquía y los dirigentes empresarios, me interesa el tema de cómo se podrían organizar los sectores populares.


Se habla de “frentes populares” desde la década del 30, cuando la experiencia llevó a la comprobación de que la enorme diversidad que constituye lo que llamamos “sectores populares” es imposible comprimirla en un solo “partido” político.
El tema es enorme y tu trabajo atiende a eso. Por mi parte me voy a focalizar en dos temas que me preocupan, sin que ello signifique que reste importancia a los demás temas, y sin que tenga una respuesta cerrada para ellos. Solamente tengo interrogantes.
El primero es la existencia y el rol de las llamadas instancias intermedias de organización de la sociedad (sindicatos, asociaciones de todo tipo, agrupaciones empresarias, cooperativas, centros de estudiantes, iglesias, etc.). Cada una de ellas nació en un momento determinado respondiendo a determinadas realidades e intentado dar respuestas. Bien o mal, cumplieron su rol y luego quedaron allí. El paso del tiempo las esclerotiza, las burocratiza y, llegado el momento, en vez de constituir la avanzada en la lucha contra los poderes concentrados operan a favor de éstos al frenar los reclamos de sus representados. O, también, se constituyen en cáscaras vacías, con sedes, banderas y siglas, pero sin accionar ni pesar en el enfrentamiento que se verifica en la sociedad.
Un ejemplo es el de la Federación Agraria que nació de la lucha y el martirio de sus fundadores en el Grito de Alcorta, pero que bajo la conducción de Buzzi se dedicó a atacar en forma agresiva e inclemente al Gobierno Popular en lugar de defenderlo. (No se me escapan las razones que surgen de las características de representar a chacareros, pero hay chacareros grandes y hay chacareros chicos).
Otro ejemplo es la UOCRA. No se escucha su voz –Gerardo Martinez no aparece- cuando el sector de los trabajadores de la construcción ha sido brutalmente ajustado.

Pienso que ese surgimiento de “subjetividades políticas no mansas” necesariamente también debe expresar la lucha al interior de estas organizaciones intermedias de la sociedad. Que la lucha no se da solamente en las calles participando en las movilizaciones sino también dentro de estas organizaciones.

 
El otro tema es el del “sentido común”
Por definición soy enemigo del concepto “sentido común”. Identifica a una posición facilista de equiparar al necio con el sabio, al otorgar la misma ponderación a sus opiniones. Es “polémica en el bar” donde todos opinan de todo y, en abstracto, todas las opiniones tienen el mismo valor.
Es algo muy utilizado por las (necias) capas dirigentes de la Argentina. Magdalena Ruiz Guiñazú siempre hablaba de que ella opinaba desde “el rincón de las hornallas” y se basaba en el “sentido común”. Hoy pienso que una de las bocas más necias del gobierno macrista es el alfa y el omega del “sentido común”, la vicepresidenta Miccheti.
Encuentro tres escalones para referirme al concepto de “sentido común”. Son sucesivos y cada uno me permitirá referirme al siguiente:
Primero: en Hegel y en Marx encontramos la fundamentación básica para la descalificación del “sentido común”: Si el “sentido común” fuese cierto la ciencia no tendría razón para existir.
El “sentido común” emite sus juicios de valor basándose en la “apariencia” y no en la “sustancia”. Lo que permite trascender la “apariencia o superficie de los fenómenos” e ir a la “sustancia” de los mismos es el camino de la investigación y la comprobación científica, o sea es el conocimiento acumulado por la sociedad que llamamos “ciencia”.
El dar valor a la opinión de algo juzgado solo por su apariencia de superficie es negar el “conocimiento científico”.
El segundo escalón me lo proporciona Gramsci. Él habla del “sentido común” como una “filosofía de baja intensidad” impuesta a las masas incultas por parte de los explotadores, para poder manejarlas y manipularlas.
Gramsci incorpora la dimensión política que adquiere el concepto de “sentido común”.
El tercer escalón lo encontré en Álvaro García Linera que plantea la construcción de un “sentido común que exprese las necesidades de las mayorías”.
Quizá este sea el sentido actual del concepto “sentido común”: no negarlo desde lo científico, sino arrebatárselo a las oligarquías y utilizarlo como una herramienta al servicio de las luchas populares.

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